La impresión de la belleza

Me acuerdo de Boris Cyrulnik en Me acuerdo. De su relato de cómo a los seis años logró escapar del exterminio nazi en una sinagoga, ocultándose y despareciendo luego con la complicidad de una enfermera. Me impresionó cómo, de ese momento decisivo en que una vez más estuvo en juego su vida, él conserva la sensación de una gran belleza al llegar a la puerta abierta de la sinagoga. Nada sobre sus emociones de entonces, que aún le están vedadas, tantos años después y quizá para siempre. Pero sí esa luz, el recuerdo nítido de un rayo de luz. Y las gafas de sol de los policías franceses de paisano aquella noche de su detención y la nuez que subía y bajaba en la garganta del hombre sollozante en el furgón.

Viven en él aún todos esos detalles que impresionaron su mente de niño, que interesaron a su cerebro ávido de conocimiento y le permitieron no atender a la lógica de lo que ocurría a su alrededor. Sólo recuerda haber pensado que los adultos eran realmente absurdos, “¡tantas armas, tantos hombres, tantos camiones para detener a un niño!”.

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