Los alardes de la tarde

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He deambulado por Sevilla sin aquella euforia de lo nuevo, más libre de mi urgencia de belleza. He olisqueado un sofrito en un callejón, un olor de hace treinta años, hecho de ingredientes u órdenes de abuela. Y me he negado a sacar el mapa del bolso con una rebeldía casi ridícula de desafío, porque yo me ocupo de sombras y de menudencias, y de los alardes del cielo y todo lo ajeno, y he de preferir la guía del sol, seguir el camino de lo que señala: aquí una calle que se tuerce, allá una ventana enjaulada y, en el convento, Angélica, azul bajo una luz holandesa. Al final de mi deriva, en la evanescencia de las cinco, he corrido para una última luz que, a veintiocho metros, me entregara la tarde, su disipación en malvas sobre una alfombra de tejados. La luna ha venido a encaramarse muy deprisa a las antenas, con ese giro de planeta que redobla siempre la extrañeza.

 

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  1. nOelia

    Me reconozco en lo que escribes, así me sentí hace poco deambulando por Sevilla, pero jamás podría haberlo expresado tan bien. Qué talento tienes! Precioso!

  2. nOelia, ¡muchas gracias! Tiene sentido si mis palabras te han leído. ¡Un abrazo y hasta muy pronto!

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